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Lidia García | Bollera, coplera y de clase obrera

Bollera, coplera y de clase obrera

Lidia García

La copla, la banda sonora de nuestras abuelas, llena de denuncia y reivindicación, habla de género, de disidencia sexual y de clase social

Lidia García | Pódcast ¡Ay, campaneras!

En redes sociales se me conoce como The Queer Cañí Bot. Queer hace referencia a lo raro, a lo que se sale de la norma, especialmente en términos de género, afectos y sexualidad. Cañí era en origen ‘ser o parecer gitano’, pero ha acabado aludiendo —lo que da buena cuenta de los distintos procesos de apropiación de la cultura de este pueblo— a lo «típicamente español». Y bot alude a mis comienzos en Internet, pues cuando abrí este perfil en redes no hice visible mi identidad de manera inmediata. Estuve un tiempo sin usar mi nombre y mi cara y solía compartir memes cual bot; me interesaba jugar con una identidad queer en la que no revelaba quién era exactamente. Sin embargo, muy frecuentemente se daba por hecho que detrás de mi perfil había un hombre y esa fue una de tantas cosas que me hizo tomar la decisión de ser completamente visible también en Internet, con mi verdadero nombre y rostro.

Soy investigadora predoctoral en el Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Murcia, activista lesbiana y hago un pódcast

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sobre copla, feminismo y disidencias sexuales que comencé durante el confinamiento y que en aquel momento me dio, sinceramente, la vida. Me la sigue dando.

Nací el 26 de noviembre de 1989 en Montealegre del Castillo, un municipio situado al sureste de España, en la provincia de Albacete. En mi casa siempre han sonado coplas, cuplés y zarzuelas. En la cocina, en el salón, en el baño, en el patio… Mi madre los cantaba a todas horas, sobre todo cuando limpiaba, regaba las plantas o cocinaba; cuando hacía —y hace— esas labores todavía invisibles que sostienen la vida. Mientras el puchero aromatizaba la casa, resonaban las historias tremendas de la Campanera, la Lirio o la Parrala. También la de la chica del diecisiete o la criada Menegilda, que sisaba dinero a su ama en el famoso tango La Gran Vía. Ellas fueron mi más temprana compañía.

Viví en Montealegre hasta que me fui a la universidad. Estudié primero Filología Hispánica en la Universidad de Valencia y después Humanidades en la Universidad de Alicante, donde obtuve el premio extraordinario de fin de carrera y una mención a la excelencia académica de la Generalitat Valenciana. Mi trabajo de fin de grado fue galardonado con el primer premio nacional en la categoría de Ciencias Sociales y Humanidades del XV Certamen de Introducción a la Investigación Científica del Ministerio de Educación. Gracias a distintos programas de movilidad internacional, pude pasar temporadas estudiando en Coímbra, Montevideo y más recientemente en Berlín. Tras especializarme en investigación del patrimonio artístico, he participado en distintos congresos internacionales —en la Universidad de Cambridge y en la de Southern Denmark, entre otras— con comunicaciones sobre arte contemporáneo y cultura popular desde una perspectiva de género y he publicado artículos tanto en revistas científicas como en medios generalistas mientras escribo mi tesis doctoral sobre esta misma temática.

Solía escribir desde pequeña y, además de obtener otros premios literarios que me hicieron mucha ilusión, gracias a ello pude participar como expedicionaria en la Ruta Quetzal en el año 2006 recorriendo México, Belice y Guatemala, una experiencia que me marcó profundamente. Me recuerdo como una niña alegre, risueña y muy querida por mis padres y mis dos hermanos, pero no puedo obviar que, en algunos sentidos, tenía una falta de referentes absoluta. Por ejemplo, no conocía

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a ninguna mujer lesbiana o bisexual fuera del armario: aquello era algo que yo veía en la televisión muy de vez en cuando, pero que en la realidad más próxima a mí era como si no existiera. Por supuesto, esto me hacía sentir cierta incomodidad y una sensación permanente de no acabar de encajar del todo.

Algunas personas mayores —que por supuesto vivieron una mayor represión hasta niveles que difícilmente nosotras podemos imaginar— suelen decirnos que nuestra generación ya creció con referentes, que qué suerte la nuestra. Y, en términos generales, no les falta razón, pero lo cierto es que depende mucho de la vivencia individual de cada una: yo no los tuve hasta bien pasada la infancia. Y la carencia de referentes a una edad temprana, cuando todavía andas buscando las herramientas para articular lo que te sucede, para pensarte a ti misma, es aterradora. Te hace preguntarte si serás tú la única en el mundo a la que le pasa eso. Al mirar atrás, parece increíble que me sintiera así, pero era en el fondo una experiencia compartida, aunque entonces no lo supiéramos. ¡Ojalá lo hubiésemos sabido! Muchas y muchos pasamos por eso mismo, por el vértigo de tratar de entender nuestra identidad en unos términos que ni siquiera existían en los esquemas de pensamiento con los que nos habían mostrado el mundo hasta el momento.

Precisamente por eso siempre procuro ser visible. Nuestra visibilidad es tan importante porque amortigua a otros ese proceso de entenderse a sí mismos, porque les ahorra enfrentarse a ese abismo de creer que están solos. Cuando no te has visto representada en ninguna parte, ese proceso se hace muy cuesta arriba y, en este sentido, la representación en la cultura que consumimos también es crucial.

Cuando era niña y no tenía muy claro a qué referentes asirme, encontré un inesperado espejo en que mirarme en las mujeres de la copla. En sus historias de amores desgarrados, en sus voces que cantaban desde los márgenes sociales —enfrentándose a menudo al qué dirán y a los rígidos corsés de la sociedad de la época—, encontré un poderoso espacio de identificación. En el fondo no era tan raro: tradicionalmente la copla había jugado ese papel para muchas personas que no encajaban en la cisheteronorma y se veían reflejadas en esas historias de ostracismo social y señalamiento. Madres solteras, amores ilícitos… al final la copla hablaba de vidas que se enfrentaban a los parámetros de lo deseable.

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Además, los quehaceres sáficos han estado muy presentes en este género, aunque entre sobreentendidos y silencios impuestos. La copla de las tres amigas, de Las Chiringóticas, recoge esta vinculación en clave satírica y empoderadora: «¡Y de pronto me miró / y de pronto la miré / y yo no sé si contarte / qué es lo que pasó después. […] ¡Ay!, que yo creo que soy bollera, / que sea lo que Dios quiera». Ponerse el mundo por montera y vivir, siempre vivir, pese a lo que digan los demás. Nada más coplero que eso.

Todavía pervive el prejuicio de la vinculación de la copla con el franquismo, fruto de un persistente ejercicio de apropiación por parte del régimen, que hizo todo lo que pudo para integrarla en el discurso oficial. Hasta le cambió el nombre y comenzó a llamarla «canción española», terminología más afín al nacionalismo centralista y excluyente de su ideario. Pero no solo el género es anterior a la dictadura —y encontramos notables ejemplos de copla republicana en figuras como Miguel de Molina o Angelillo—, sino que la copla, más allá de la pátina de caspa que se le impuso, fue y es la banda sonora de las vidas de nuestras abuelas y en sus letras se cuelan visos de denuncia y reivindicación: la copla habla de género, de disidencia sexual y de clase social. Presenta esa parte cruda de la vida que la dictadura pretendía callar. La tarea de la desvinculación de copla y dictadura, la labor de ahondar en esa faceta subversiva del género, la emprendieron, entre otros, verdaderos referentes como Carlos Cano o Martirio. Urge continuar la recuperación de esta parte de nuestra cultura que tan vapuleada ha sido, reivindicar esos otros discursos que en su día salvaron a tantos y que todavía pueden ayudarnos. Si bien los sobreentendidos de la copla me ayudaron cuando andaba escasa de referentes, en mi caso el haberme hecho visible me posibilitó empezar a vivir de verdad. Salir del armario con mi familia fue una liberación que me hizo sentirme más cercana a ellos que nunca. Al fin podía ser yo e ir por el mundo sin sordina, sin tener que ocultarme. Hasta qué punto hiere tener que hacerlo es algo que solo se sabe cuando —y siento si esto suena demasiado a copla, pero es así— se siente en carne propia.

Cuando digo que soy de pueblo, con frecuencia la gente asume que los peores episodios de lesbofobia los he vivido allí, y lo cierto es que no ha sido así. Creo que esa idea forma parte de cierta construcción de lo rural que se ha venido haciendo tradicionalmente desde el entorno urbano y

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que lo concibe como un otro más atrasado, conservador y reaccionario. En mi caso puedo decir que los episodios de violencia que he vivido por no encajar en la heteronorma se han dado siempre en ciudades grandes. Desde hace diez años, mi novia y yo hemos venido notando miradas de desaprobación por la calle o incluso hemos escuchado insultos o comentarios soeces hacia nosotras. Luego está esa otra violencia más sutil y perversa que constituye el interiorizar, por ejemplo, que no debemos darnos la mano ni tener un gesto cariñoso en determinadas situaciones. Esto, que hacemos automáticamente, supone una cruel coerción hacia nuestras vidas: evidencia que ser simplemente quienes somos nos puede poner en peligro.

Como decía, mis referentes los encontré en gran medida en la música, en esas canciones que cantaban nuestras madres y abuelas y que ya habían sido antes fuente de liberación para muchas mujeres, aunque con demasiada frecuencia no les hayamos prestado mucha atención. Comencé a analizar las letras de las coplas en la adolescencia, de un modo casi inconsciente. El hecho de escuchar este tipo de música era algo inusual para las personas de mi generación y el tener que justificarme constantemente me hizo pararme a pensar qué me estaban diciendo realmente esas canciones que tanto llamaba la atención que escuchara. Siguiendo ese mismo afán, comencé la grabación autogestionada, desde casa, del pódcast ¡Ay, campaneras!, en la línea de mi investigación sobre estética kitsch, imaginario cañí y género en la cultura visual que realizo en el Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Murcia.

En Internet, donde hago visible el pódcast, encontré una comunidad de cuidados y apoyo mutuo que me ayudó muchísimo y que sin duda sostiene las vidas de muchísima gente. De la misma manera que yo comparto mi trabajo y mi día a día con esta comunidad, también recibo mensajes de gente que me cuenta que, gracias a la reconexión con esta música y las historias que hay detrás, han reforzado de alguna manera sus vínculos con sus abuelas o abuelos. La cultura puede servir también para achicar la brecha generacional; algunas incluso me han comentado que les ha servido para poder hablar de diversidad afectivo-sexual o sentirse en general más cercanas a las experiencias de esta generación, que a veces nos parece tan lejana sin serlo. Esto pone de manifiesto lo crucial que es la cultura en nuestra vida y cómo tiene la capacidad de visibilizar y nombrar también desde la disidencia.

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Divulgar sobre copla, feminismo y activismo LGTB+ es para mí algo político, pero por supuesto algo también muy personal. Al hablar sobre ello hablo también de mí, de mi intimidad, de mi deseo… La copla, la zarzuela y, en general, la música de nuestras abuelas están llenas de esa intimidad política. Gran parte de mi activismo reside en rescatar esos discursos disidentes que se encuentran en esta música, que se ha visto tan ninguneada. Ninguneada por la apropiación franquista. Como decía Carlos Cano: «El franquismo meó la copla como un perro mea un árbol», pero también por tratarse de una cultura asociada a la feminidad y a la disidencia sexual. Y eso difícilmente se perdona. Compositores, intérpretes e incluso referencias más o menos veladas en alguna de las letras de este género y aledaños nos remiten a ese vínculo con lo LGTB+.

Por ejemplo, en Se dice, cantada por Concha Piquer, se habla de la opresión que puede ejercer la mirada colectiva sobre una persona e incide en las críticas ajenas hacia las vidas de los demás. Y, como ella misma expresa en la canción, estas críticas están especialmente dirigidas a las mujeres, a quienes juzgan en particular por su manera de vivir la sexualidad. Además, hace una referencia explícita al lesbianismo:

Se dice si va sola: ¡qué desgraciada es! Se dice: qué coqueta, si con un hombre va. Si ven a dos mujeres, también se dice que el mundo está al revés, la cosa es murmurar. […] Amar, sin escuchar el qué dirán. Pues todo es hablar, hablar por no callar.

En esta línea, la copla Ojos verdes cuenta la historia de una prostituta, pero también, especialmente cuando la cantaba Miguel de Molina, se pueden leer en ella referencias a la homosexualidad masculina. Cuando él mismo cantaba en otra copla aquello de «Yo estoy compuesto y sin novia / porque tengo mis razones», las razones a las que se refería eran bastante claras. El uso de cierto tono humorístico, jugando con las ambigüedades y los dobles sentidos, ha sido un vehículo habitual de la transgresión. Entre broma y broma asoman verdades y desafíos al sistema que difícilmente podían, en determinados momentos, decirse y hacerse a las claras.

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En ese sentido, el lenguaje del humor de Internet me parece una estupenda vía tanto para la divulgación como para la disidencia. Aunque, y esto tiene poca gracia, a menudo hablar como mujer lesbiana y feminista en Internet te ponga enfrente la parte menos amable de la Red. Como pasa en la vida, vamos; al fin y al cabo, no es sino la plasmación digital del machismo estructural, que intenta por todos los medios hacer valer la máxima del «Calladita estás más guapa». Pero no, no nos vamos a callar. Tampoco en Internet.

Frente a quien nos quiere callar seguiremos hablando y haciendo comunidad. Seguiremos aprendiendo de las que nos precedieron, de cómo aprovecharon las fisuras de los relatos oficiales para establecer mecanismos de identificación y resistencia desde los márgenes. La resistencia sáfica es una historia de silencios, pero también de un continuo hacer lo que se puede con lo que se tiene: quien nunca se ha visto representada en lo que lee, ve o escucha, quien percibe cómo su identidad ha sido borrada de la cultura a la que tiene acceso, se acostumbra a alimentarse de las migajas, a agarrarse a cualquier clavo ardiendo, a cualquier resquicio de representación.

El modo en que la copla vehiculó el ansia de representación de tanta gente que no encajaba en los cánones tiene mucho que enseñarnos todavía. Esta música funcionó también como un repertorio de estrategias para sobrevivir a la dictadura, a la pobreza, al patriarcado, a la vida. Aprender de la resistencia del ayer puede ayudarnos con la nuestra. Me han enseñado tanto los mecanismos velados de supervivencia y transgresión codificados en la cultura de nuestras abuelas como el activismo en el que he tenido oportunidad de participar. He aprendido mucho de la plataforma del Orgullo Crítico de Murcia, que se ha movilizado desde la transversalidad en un momento político especialmente adverso en la región donde vivo.

Continúo aprendiendo de estos activistas y sueño con un Orgullo que no deje a nadie atrás: crítico, con perspectiva de clase y que reivindique los derechos de todas las siglas. También con un activismo que no olvide rescatar estas genealogías de resistencia desde lo popular. No vamos a dar ni un paso atrás por mucho que se empeñen. Viva nuestra historia y viva nuestra lucha bibollera, coplera y de clase obrera.

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